Saltar al contenido

El artista no quiere ir al colegio

El artista no quiere ir al colegio:

el epojé de las minorías

Michel Rojas — Ensayo

El artista no quiere ir al colegio

Pase, siéntese y relájese: «Los pintores son burros…»

En 1977, Salvador Dalí se sentó frente a Soler Serrano en el programa A Fondo y dijo, con la misma naturalidad con que otros dicen buenos días, que los pintores son «muy burros». No lo dijo con rabia. Lo dijo con la tranquilidad de quien enuncia una verdad que considera tan evidente que casi lamenta tener que explicarla. Los escritores, argumentó, son mucho más inteligentes. Su propio padre —notario, hombre de letras— pensaba que Dalí era mejor escritor que pintor. Y Dalí, lejos de ofenderse, parecía darle la razón (Afondo Entrevistas, s.f.).

Pero ahí viene la paradoja que a Dalí le encantaba habitar: sostenía que su propia inteligencia era casi un obstáculo para su arte. Que si fuera «menos inteligente», pintaría «mucho mucho mejor». Es decir: el arte, en su visión, no requiere inteligencia —la sufre. Y sin embargo, el mismo Dalí se declaraba fanático de la biología y la física nuclear, buscaba rodearse de científicos, aspiraba a lo que llamaba «hiperrealismo metafísico». Un artista que desprecia la inteligencia del artista pero que no puede vivir sin la inteligencia de los demás.

¿Qué nos dice esto sobre la pregunta de fondo? Que el arte y la preparación intelectual tienen una relación incómoda, esquiva, contradictoria. Que la «monstruosa especialización» —como la llamaba el propio Dalí— es un problema real: el que sabe de física no sabe de pintura, y el pintor no sabe de física. Y en ese vacío de conocimiento cruzado vive, cómodamente instalada, la confusión sobre qué es el arte y quién tiene derecho a practicarlo.

Y no es solo un problema europeo o de las vanguardias del siglo XX. En el Perú la misma confusión tiene expresiones propias y cotidianas. Hay quienes creen que toda la música criolla es lo mismo: un vals es un vals y ya. Hay quienes están convencidos de que la cumbia es peruana —cuando su raíz es colombiana— y que toda la cumbia suena igual. Esa misma simplificación opera cuando se habla del «artista peruano» como si fuera una sola cosa: un retablista ayacuchano, un muralista de Barranco, un compositor de huaynos, una bailarina de marinera y un performer conceptual de Miraflores no comparten más que el país. Sus formaciones, sus públicos, sus mercados y sus preguntas son radicalmente distintos. Legislar sobre todos ellos con una sola ley es como componer una sinfonía con un solo instrumento: técnicamente posible, artísticamente absurdo.

Hoy esa confusión ha encontrado un nuevo escenario: la inteligencia artificial. Si el arte era genialidad técnica, la IA ya lo hace mejor. Si era expresión emocional, los algoritmos aprenden a imitarla. Si era originalidad, los modelos generativos producen millones de imágenes por segundo. El muro de la realidad actual tiene un nombre: IA —inteligencia con arte, con técnica. Y frente a ese muro, la pregunta de Dalí se vuelve urgente: ¿qué queda del artista cuando la técnica ya no le pertenece?

Primera llamada

Akane, una ex estudiante que hace prácticas de psicología y está a puertas de graduarse, me llamó inesperadamente en mayo de este 2026. Al responderle, preguntó sin preámbulos: ¿Profesor, puede decirle a un estudiante que para ser artista hay que estudiar mucho, incluyendo matemáticas? Le respondí que claro, que hay que estudiar y prepararse, no solo en técnica —que un artista es una persona a quien luego identificarán como ello, «un artista». Se trataba de un niño pequeño, en el colegio donde ella hace prácticas de psicología educativa, e intentaba generar en él la disciplina y el respeto necesario para la vida.

La pregunta de Akane es más profunda de lo que parece. ¿Cuántos considerarían hacer lo mínimo —o quizá nada— para identificarse como «artista»? Porque a diferencia del médico, del ingeniero, del abogado o del psicólogo, el artista no tiene un protocolo de intervención en emergencias. Su vocación no es de socorro civil inmediato. Y esa ausencia de urgencia social ha permitido que la categoría de «artista» sea la más elástica, la más generosa y también, hay que decirlo, la más abusada de todas las vocaciones humanas. Los conceptos le han dado al arte y a su practicante la oportunidad de alcanzar la genialidad sin que esta resida ya en la técnica, pues de lo contrario tendrían un choque directo con el muro de la realidad actual llamada IA.

La noche anterior a cerrar este ensayo, escuchaba a Christian Hudtwalcker —opinante, como él mismo se identifica— en Willax TV, afirmar que para ser artista, como para ser periodista, no se necesita estudio alguno. Lo decía en el contexto de su crítica a la ley del colegio de artistas, poniendo como ejemplo que «un pintor autodidacta no podría ser parte de una exposición» bajo ese régimen. Con el mismo argumento criticó el colegio de periodismo: «el periodismo no se estudia», puede ser una especialización posterior a carreras como historia, derecho o filosofía. Es desde este punto que este ensayo abre un epojé: una suspensión del juicio que no es indiferencia, sino la negativa a dar por resuelto lo que todavía no ha sido siquiera bien preguntado. Porque hay razones comprensibles para conceder que el arte no se estudia —por partir de una habilidad natural, lo cual lo reduciría a solo técnica— y razones que incluyen la posibilidad de ser profesionales con todo lo que eso implica, desde la posibilidad laboral de una industria. Y esta misma industria, en específico en el Perú, es mezquina: apenas un mercado informal —o formal, si lo comparamos al nivel de un mero emprendimiento como una bodega de barrio.

Segunda llamada

Hace unos días, el viernes 19 de junio en específico, un amigo que escribe en el diario Expreso como Gato Pardo redactó un artículo sobre los colegios de artistas en el Perú, y ya desde el título me llamó la atención la ironía del escrito (De la Torre Paredes, 2026). Pero no es el único. Unos días antes, una amiga me escribe por WhatsApp sobre el mismo tema y me envía la resolución. Es interesante saber cómo algo que parece debe ser de normalidad en un país que progresa se transforma en preocupación y en alta polémica. Y más interesante aún es que, en medio de tanta reacción, casi nadie se haya detenido a formular la pregunta más elemental: ¿qué es el arte?

Leí la ley. La leí dos veces, porque la primera no me lo creí.

El Congreso promulgó el 13 de junio de 2026 la Ley N° 32645, que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú (Congreso de la República de Perú, 2026). Para ingresar: título profesional en arte o educación artística, pago de derechos de incorporación, y promesa de honor en ceremonia oficial. Una promesa de honor.

Imagínense si Picasso tuviera que haberse colegiado. Van Gogh también, aunque con sus antecedentes probablemente no hubiera pasado la ceremonia. Y Vallejo —el más grande poeta peruano del siglo XX— estudió Letras, no Arte. ¿Hubiera podido firmar un contrato con el Estado bajo esta ley? Difícil. ¿Y el maestro retablista de Ayacucho que aprendió de su padre, que aprendió del suyo? Ese señor no carece de formación, dictan el sentido de las ideas en las voces que suenan por medios y redes —digamos, líderes de opinión. Y si personas como Picasso o Vallejo, cuya formación opera bajo un paradigma distinto —intergeneracional, corporal, comunitario— que la ley ni siquiera contempla, ¿necesitarían ir a la universidad antes de poder llamarse artistas en su propio país? Tranquilos. Esto es una ley que busca protegerlos. Además, la moral social y el valor de las cosas tienen hoy un traje distinto al de otras épocas: la industria ha dado categoría universitaria a vocaciones que antes eran solo oficio.

Lo que está en juego no es solo una ley mal comunicada —aunque lo es— sino una pregunta que atraviesa la historia del arte, la filosofía y la ética profesional: ¿puede el Estado legislar aquello que, por naturaleza, pertenece a un orden de experiencia que no puede ser administrado sin ser transformado en otra cosa? Quizá ya se presuma que hay carreras universitarias de arte y que el Perú se encuentra preparado para el siguiente paso. Para responderla bien, hay que ir atrás —no muy atrás.

Ley de Colegio de Arte en el Perú

Los colegios no nacieron del Estado. Nacieron contra él.

Hagamos un recorrido desde sus antecedentes: los gremios, gildas y cofradías medievales europeas, surgidos para defender oficios frente a abusos del poder (González, 2019). Su forma moderna se consolidó en el siglo XIX, cuando las profesiones comenzaron a requerir formación técnica y sus errores podían costar vidas (González, 2019).

Pensemos en el ingeniero. Si no existiera el Colegio de Ingenieros del Perú, ¿quién respondería cuando un puente colapsa por un cálculo errado? ¿Quién garantizaría que quien diseña un edificio de veinte pisos en zona sísmica tiene las competencias para hacerlo? La colegiación del ingeniero no es burocracia: es el contrato ético entre una profesión y la sociedad que depende de ella. La mala práctica del ingeniero tiene nombre, dirección y número de víctimas.

¿Y la del artista? ¿Un cuadro mal pintado derrumba algo? ¿Una obra de teatro sin rigor conceptual pone en riesgo vidas? La respuesta obvia es no. Pero hay una respuesta menos obvia que vale la pena considerar: el arte sin ética puede derrumbar algo más difícil de reconstruir que un edificio. Puede derrumbar la dignidad, la identidad, la memoria colectiva. Solo que ese daño no aparece en los titulares del día siguiente, y por eso es más fácil ignorarlo.

En el Perú, el antecedente más antiguo es la Hermandad de los Abogados de 1726, desaparecida tras la expulsión de los jesuitas (Camacho Mejía, 2024). El primer colegio formal fue el Ilustre Colegio de Abogados de Lima, fundado el 31 de julio de 1804 mediante Real Cédula (Camacho Mejía, 2024). Desde entonces la lógica ha sido consistente: se colegian las profesiones cuyo ejercicio indebido representa un riesgo concreto para la ciudadanía. La pregunta es si el arte califica bajo esa misma lógica. Y si califica, bajo qué criterios. Y quién los define. Y con qué autoridad epistemológica.

¿Cuál es el daño concreto que produce un artista sin título universitario? ¿Un cuadro mal pintado? ¿Un poema con rima forzada? Porque si ese es el riesgo, tenemos un problema más antiguo que esta ley, y se llama gusto. Aunque claro, para legislar sobre gusto tampoco hace falta colegiatura.

Debe ser ley comprender la ley más allá de lo que creen es la ley

El Perú sí tiene instituciones de formación artística formal: la UNAE —antes ENSAD—, el Conservatorio Nacional hoy Universidad de Música, la Escuela Nacional de Folklore, Bellas Artes. Todas son hoy universitarias (Diario Oficial El Peruano, 2026). La colegiación no es, en abstracto, una idea descabellada. En una civilización que avanza, los profesionales rinden cuentas. También los artistas.

Pero el problema no es la ley en sí. El problema es que llegó antes que las condiciones que la harían legítima. La informalidad artística en el Perú no es un defecto del artista: es un rasgo estructural de un campo cultural que nunca se constituyó con reglas propias de consagración y profesionalización. Y aquí vale traer a Theodor Adorno, quien advertía sobre la instrumentalización de la razón: la cultura, cuando se convierte en industria, deja de ser espacio de resistencia y se vuelve mecanismo de reproducción del orden establecido (Adorno & Horkheimer, 1944). El riesgo no es solo que la ley llegue antes de tiempo. El riesgo es que llegue al servicio de intereses que no son los del artista.

Pensemos en ejemplos concretos. En la década de 1930, el régimen soviético institucionalizó el «realismo socialista» como única estética válida. Los artistas que no se alineaban perdían acceso a exposiciones, publicaciones, financiamiento estatal. No hubo una ley que dijera «se prohíbe el arte abstracto». Hubo una institución que definía quién era artista legítimo y quién no. El mecanismo no fue la prohibición sino la exclusión administrativa. Más silenciosa. Más eficiente. Más difícil de denunciar.

¿Puede pasar algo así en el Perú? No necesariamente. Pero la pregunta no es si puede pasar: es si el diseño institucional de la ley incluye salvaguardas suficientes para impedirlo. Y esa pregunta, en el debate público sobre el CPAP, brilló por su ausencia.

Sin ese piso de discusión seria, la colegiación no profesionaliza. Selecciona. Y según fuentes especializadas, excluiría al 99% de los artistas peruanos activos (24 Horas, 2026) —no porque sean malos artistas, sino porque el Estado nunca terminó de construir el sistema que ahora les exige haber completado. Llegó además en el apuro de un ciclo parlamentario que cierra, con un nuevo gobierno entrando (Redacción Gestión, 2026). Y cuando algo bien intencionado llega mal aterrizado y a destiempo, la discusión deja de ser sobre sus méritos y se convierte en tribuna.

La misma semana en que se promulgaba la ley, varios de sus críticos más ruidosos la rechazaban sin haber leído el Artículo 3. Opinaban sobre ella como se opina sobre el arte que no se entiende: con mucha intensidad y poca información. Quizá también ellos necesitarían un colegio. Aunque para eso harían falta requisitos que tampoco están dispuestos a cumplir.

La pregunta que piensan ya lo saben, pero que poco reflexionan

Hugo Coya ha tenido presencia importante en este debate (La República – LR+, 2026). Sus advertencias han circulado ampliamente y han movido opinión. Pero la influencia de un argumento no equivale a su solidez.

Antes de seguir, conviene leer la ley con honestidad. El Artículo 2, inciso m, establece explícitamente que uno de los fines del CPAP es «emitir pronunciamientos públicos sobre actos de censura, cualquiera sea su origen» (Congreso de la República de Perú, 2026). Los incisos a y f indican que el colegio debe representar y defender los intereses de sus miembros ante entidades públicas y privadas. Es decir: la ley, en su texto, no solo no promueve la censura — la prohíbe y le ordena al colegio combatirla. El argumento de Coya no es contra lo que dice la ley. Es contra lo que teme que haga quien la administre. Es un argumento sobre la desconfianza institucional, no sobre el texto legal. Y esa es una diferencia que vale la pena hacer.

Coya compara el CPAP con las cámaras de cultura de regímenes totalitarios —el nazismo, el estalinismo— donde se exigía cumplimiento ideológico para trabajar (La República – LR+, 2026). Impacta en la primera lectura. En la segunda, aparecen las grietas. ¿El Colegio de Ingenieros ha sido históricamente instrumento de censura ideológica? ¿El Colegio de Médicos ha impedido el ejercicio profesional por razones políticas? ¿El Colegio de Abogados —fundado bajo una Real Cédula, el poder más absoluto posible— terminó siendo herramienta totalitaria? (Camacho Mejía, 2024). Los colegios profesionales nacieron para proteger al profesional del poder, no para entregarlo a él (González, 2019). Asumir que el CPAP derivará inevitablemente en censura porque podría ser mal usado es el mismo razonamiento que llevaría a prohibir los cuchillos de cocina.

Lo curioso es que Coya y Gato Pardo —voces en medios distintos de espacios públicos— llegaron a expresarse esta vez con la misma conclusión de rechazo (De la Torre Paredes, 2026; La República – LR+, 2026). Eso podría interpretarse como consenso ciudadano. También podría interpretarse como señal de que ninguno se detuvo a hacerse la pregunta que antecede a todas las demás: no «¿quién es artista?», y por tanto el sentido de por qué hay pronunciamiento en consenso sobre la negativa al colegio —que es lo que la ley intenta responder—, sino la anterior, la que debió responderse primero: ¿qué es el arte?

El debate más encendido sobre una ley que regula el arte ocurrió casi completamente sin que nadie definiera el arte. Se habló de títulos, de censura, de nazis, de contratos con el Estado. Lo único que no apareció fue una respuesta seria a la pregunta de fondo. Quizá porque responderla habría obligado a todos —críticos y defensores— a admitir que el objeto que intentaban regular es bastante más complejo de lo que sus argumentos sugerían. Y eso hubiera arruinado varios titulares.

El espejo incómodo

Hasta aquí el análisis ha apuntado al Estado y al Congreso. Con razón. Pero hay una verdad que este ensayo no puede eludir: una parte del problema también está dentro del propio mundo artístico.

Existe un sector —no mayoritario, pero visible— que ha confundido durante años la libertad creativa con la ausencia de responsabilidad profesional. El artista que rechaza el título con toda la razón del mundo, pero que también rechaza la biblioteca, el estudio y el rigor. El que exige derechos laborales pero no rinde cuentas de su trabajo. El que usa la bohemia como coartada para no profesionalizarse. Ese artista, sin quererlo, le ha dado argumentos al legislador que ahora quiere regularlo con un carnet.

Y aquí aparece una contradicción que merece nombrarse: muchos de quienes rechazan el colegio son los mismos que reclaman mejoras para el gremio, que desean ser vistos como profesionales, respetados ante el ojo público y académico. Quieren, en palabras que Maquiavelo no diría exactamente así pero cuyo espíritu le pertenece, que el arte se justifique ante cualquier medio. El fin justifica los medios, pero solo cuando el fin les conviene a ellos.

Los colegios profesionales existen, en parte, porque las profesiones no supieron autorregularse (Ríos Álvarez, 1996). Y la pregunta que el artista debería hacerse —antes que cualquier legislador— es: ¿cuáles son mis límites éticos? Porque en la sociedad de hoy, donde las redes sociales han democratizado la visibilidad, cualquiera puede ser artista mientras tenga público, seguidores o fanáticos. Eso no es necesariamente malo. Pero sí es peligroso cuando se confunde la audiencia con la legitimidad y la viralidad con el talento.

Hay artistas que quieren los derechos del profesional sin las obligaciones del profesional. El reconocimiento sin el rigor. La visibilidad sin la responsabilidad. Y cuando el Estado aparece con una ley en la mano, se indignan. Con razón. Pero quizá también con cierta amnesia selectiva sobre lo que no construyeron cuando podían. Nadie es intocable. Ni siquiera quien hace arte. Especialmente quien hace arte.

Antes de vivir en una casa hay que saber construirla: ¿qué es el arte?

Ningún legislador parece haberse formulado esta pregunta antes de redactar la ley. Y es la que antecede a todo lo demás. Porque antes de legislar quién es artista, el Estado debería haber respondido qué es el arte. Sin esa respuesta, toda la arquitectura legal construida sobre ella es frágil.

Heidegger distinguía entre el Dasein —el ser auténtico, el que habita el mundo desde su experiencia irreductible— y el Das Man —el ser anónimo, el que se mueve por convenciones, por lo que «se dice» y «se hace». Aplicado al arte: hay un arte Dasein, que nace del impulso creador genuino, que es —en términos heideggerianos— un acontecimiento de verdad que se pone en obra, no una producción de objetos certificables. Y hay un arte Das Man, que responde a formatos, mercados, instituciones, certificaciones. Ambos son necesarios. Pero solo uno puede ser legislado. Y legislar el primero como si fuera el segundo es el error epistemológico de fondo de esta ley.

Reducir el arte a su dimensión académica tradicional es una mirada antropológicamente estrecha. El arte de Vallejo incomodó a su tiempo. El de Arguedas fue incomprendido por décadas. Lo que hoy es patrimonio fue en su momento escandaloso o ignorado. La visión puramente tradicional del arte no es neutral: es, en sí misma, un acto político (UNIR Revista, 2021). Y quienes interpretan el arte desde criterios administrativos no están haciendo interpretación del arte: están haciendo gestión. El problema no es que alguien interprete el arte — siempre se interpreta. El problema es que lo interpreten quienes carecen del horizonte comprensivo para hacerlo.

La ética del arte no reside en el cumplimiento de normas externas sino en la integridad del acto creador. Un artista no es ético porque está colegiado. Es ético porque asume la responsabilidad de su obra frente a la sociedad. Esa responsabilidad no se certifica. Se ejerce.

Una resbalosa

Un colegio profesional de artistas no es el problema. Un colegio profesional de artistas prematuro, sí.

Esta distorsión en el debate es significativa si la comparamos con la recepción que tuvieron en su momento los colegios de abogados, médicos, ingenieros o psicólogos. Nadie salió a las calles a defender el derecho del médico empírico a operar sin título. Nadie argumentó que el abogado autodidacta debería poder litigar sin colegiarse. Pero con el arte, la resistencia es distinta —y esa diferencia dice algo sobre cómo la sociedad peruana concibe todavía al artista: no como un profesional sino como un ser al margen de las reglas ordinarias de la vida civil.

A muchos no les interesa un colegio porque lo consideran discriminatorio. Para varios, hay artistas cultores forjados por la sabiduría tradicional de cómo hacer arte. Empero, ellos mismos reclaman mejoras para el gremio, desean ser vistos seriamente, como profesionales, respetados ante el ojo público y académico. ¿Pero acaso la tradición de hoy no es que se estudie en facultades de arte, en escuelas que ahora son universidades? Además de las carreras, grados y diplomados que contemplan la gestión cultural, o que suman esfuerzos técnicos como el sonido o la arquitectura de interiores especializada en escenarios. ¿Acaso no es esa nuestra presente tradición? ¿No deberían formarse así los artistas hoy? —vaya contradicción.

Adorno advertía sobre la instrumentalización de la razón (Adorno & Horkheimer, 1944). No en todo, porque eso nos haría sospechar de cada ámbito de nuestras vidas. Sin embargo, es notorio que lo que se haga en sociedad, para la sociedad, y que altere nuestra cultura y nuestros hábitos, puede ser blanco fácil de ser utilizado. El arte y sus artistas pueden ser utilizados —por el mercado, por la política, por el populismo cultural. Es probable que los legisladores usen a los artistas, o a quienes ellos consideran artistas. Todo cabe en este bus del pueblo: los que estudian y los que no, los que aun estudiando razonan como si nunca lo hubieran hecho, y los que nunca estudiaron pero son agudos y reflexivos aunque menos oídos ante las decisiones. Estas contradicciones no han dado más que pieles distintas sin atender las entrañas, esas vísceras que no andan funcionando bien y que solo se resuelven con esta insistencia como prioridad epistemológica: ¿qué es el arte? Cuando lo maduremos, comprenderemos por qué importan tanto los espacios informales y formales para su práctica.

Tiene sentido colegiarse cuando existe un sistema educativo que lo sostiene, cuando hay homogeneidad profesional que lo justifica, y cuando nace desde adentro del oficio (González, 2019). Ninguna de esas condiciones se cumple hoy plenamente en el Perú para el arte. No porque la idea sea mala. Sino porque llegó antes que las condiciones que la harían posible y legítima.

El CPAP no es el problema de fondo. Es el síntoma. El problema es que el Perú lleva décadas sin una política cultural coherente, sin un sistema educativo artístico sólido, sin una comprensión de qué es el arte y qué rol cumple en una sociedad que se pretende civilizada. Legislar sobre el artista sin haber resuelto eso primero no es avanzar. Es poner el techo antes que los cimientos. Seguimos estando en un epojé.

No multipliques leyes sin entender primero el sector al que van dirigidas. Aunque claro, para entender el arte harían falta legisladores que lean. Que estudien. Que pregunten. Que duden. Todo eso, lamentablemente, tampoco requiere colegiatura. Solo civilización.

Referencias

24 Horas. (2026, junio). Rechazan ley que crea Colegio de Artistas [Video]. YouTube.

Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1944). Dialéctica de la Ilustración. Social Studies Association.

Afondo Entrevistas. (s. f.). Entrevista a Salvador Dalí por Soler Serrano [Video]. YouTube.

Camacho Mejía, F. (2024, 20 de agosto). «El Colegio de Abogados de Lima: Historia de su fundación» por Aníbal Gálvez (Lima, 1915). Fuentes Históricas del Perú.

Congreso de la República de Perú. (2026, 13 de junio). Ley Nº 32645: Ley que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú (CPAP). Diario Oficial El Peruano.

De la Torre Paredes, C. (2026, 19 de junio). El Colegio de Artistas del Perú y la ciencia ficción. Diario Expreso.

Diario Oficial El Peruano. (2026, 13 de junio). ¿Eres artista profesional? Conoce la nueva ley que crea tu colegio profesional. Noticias.

González, P. (2019, 26 de junio). Los colegios profesionales, la historia de la lucha por un futuro mejor. Diario Jaén, 1-2.

La República. (2026, 23 de junio). Un nuevo atropello a la cultura [Editorial]. La República.

La República – LR+. (2026, junio). ¿POR QUÉ LA LEY DEL ARTISTA HA GENERADO TANTA POLÉMICA? HUGO COYA LO EXPLICA | RÉPLICA [Video]. YouTube.

MUNDOACTUAL. (2026, 13 de junio). ¡YA ES LEY! Colegio de Artistas en Perú: requisitos clave y polémica [Video]. YouTube.

Redacción Gestión. (2026, 13 de junio). Promulgan ley de creación del Colegio Profesional de Artistas del Perú. Diario Gestión.

Ríos Álvarez, L. (1996). Los Colegios Profesionales. Revista de Derecho Público, (59), 185-205.

UNIR Revista. (2021, 30 de agosto). ¿Qué son los órganos colegiados y cuál es su función en el ámbito de la Administración Pública? https://www.unir.net/derecho/revista/organos-colegiados/