El arte no basta: responsabilidad social y acción voluntaria en la educación artística
Hay en el arte —en el teatro, en la música, en las artes visuales, en la danza— una capacidad que ninguna otra disciplina tiene: la de producir experiencias que atraviesan las defensas racionales del espectador y lo tocan donde las palabras no llegan. John Dewey (1934) lo formuló con precisión: la experiencia estética no es un ornamento de la vida, sino una intensificación de ella que reorganiza la sensibilidad del sujeto y lo conecta con su comunidad.
En ese sentido, el artista que enseña, que facilita, que comparte su práctica con otros, ejerce ya una forma de responsabilidad social solo por el hecho de abrir ese espacio. Pero esa responsabilidad inicial —la de educar a través de las emociones y la sensibilidad— no es mérito suficiente por sí sola.
Vivimos en un tiempo en el que la sobreexposición a imágenes, sonidos y experiencias estéticas de todo tipo ha producido una paradoja: una sociedad que consume más arte que nunca, pero que ha desarrollado también una anestesia frente a él. Teodor Adorno advirtió hace décadas que cuando el arte se convierte en industria —cuando se produce en serie y se consume sin fricción— pierde precisamente aquello que lo hacía transformador: su capacidad de descolocar, de incomodar, de revelar lo que preferíamos no ver.
"El artista tiene una segunda responsabilidad que excede a la primera: la responsabilidad creativa y discursiva de construir experiencias que no se dejen domesticar, que resistan la pereza del consumo."
Esa segunda responsabilidad tiene un nombre cuando se ejerce de manera consciente y sostenida: responsabilidad social. François Vallaeys (2014), quien ha desarrollado el marco conceptual más riguroso de la responsabilidad social universitaria en América Latina, sostiene que una institución que forma artistas no puede limitarse a cultivar su excelencia técnica: debe gestionar el impacto que esa formación produce en la sociedad, en los saberes que legitima, en las comunidades que incluye o excluye de su práctica.
El arte tiene impactos organizacionales, educativos, cognitivos y sociales que no pueden dejarse al azar de la buena voluntad individual. Requieren diseño intencional, política institucional y, sobre todo, acción voluntaria comprometida. Augusto Boal (1980) llevó esa convicción a su consecuencia más radical en el Teatro del Oprimido: el arte no es solo representación del mundo, sino ensayo de su transformación. El espectador que entra a un taller de Teatro del Oprimido no sale con una idea nueva sobre la injusticia; sale habiendo practicado, en el espacio simbólico de la escena, el ejercicio de una agencia que la vida real le niega.
La pregunta que queda abierta es cómo sostener esa práctica en el tiempo sin que pierda su espesor crítico ni se agote en gestos efímeros. La respuesta más lúcida que conocemos no viene del mundo del arte, sino de la sociología del activismo japonés de posguerra. Simon Avenell (2010) documenta cómo los movimientos cívicos japoneses construyeron alianzas sostenidas con sus comunidades mediante iniciativas de pequeña escala, cotidianas y autosostenibles, a las que denominó teian-gata —activismo de propuesta.
No la gran revolución, sino la decisión paciente de construir, en los universos ordinarios de la vida cotidiana, alternativas que dialoguen con el entorno sin subordinarse a él. Trasladado al campo del arte y la educación artística, ese principio sugiere que la responsabilidad social del artista no se cumple en la intervención espectacular ni en el taller único, sino en la construcción de vínculos de continuidad con comunidades reales, en los que el arte acompaña procesos en lugar de interrumpirlos.
Una sociedad adormecida por la sobreexposición estética no se despierta con más estímulos: se despierta cuando alguien se detiene junto a ella, con paciencia y con arte, y le ofrece un espacio donde la experiencia deje una huella.
- Avenell, S. A. (2010). Making Japanese citizens: Civil society and the mythology of the shimin in postwar Japan. University of California Press.
- Boal, A. (1980). Teatro del oprimido y otras poéticas políticas. Nueva Imagen.
- Dewey, J. (1934). Art as experience. Perigee Books. (Edición consultada: 2005)
- Horkheimer, M., y Adorno, T. W. (2007). Dialéctica de la Ilustración. Akal. (Obra original publicada en 1944)
- Vallaeys, F. (2014). La responsabilidad social universitaria: un nuevo modelo universitario contra la mercantilización. Revista Iberoamericana de Educación Superior, 5(12), 105–117.