Daarte
Daarte · Escuela de arte y estética
¿Qué pasa cuando un baile lleva el peso de una guerra?
La marinera no empezó llamándose marinera. Nació como zamacueca — un baile mestizo que mezcló desde el siglo XVIII ritmos españoles, africanos e indígenas en las calles y salones de Lima. Se bailaba con pañuelo, con picardía, con un cortejo coreografiado entre un hombre y una mujer que nunca se tocan pero que se dicen todo. Era tan popular que cruzó fronteras: llegó a Chile, se instaló ahí, y el pueblo peruano empezó a llamarla «la chilena».
Entonces vino la Guerra del Pacífico (1879). El escritor Abelardo Gamarra Rondó, conocido como El Tunante, bautizó este baile como marinera en honor al Huáscar y las hazañas de Miguel Grau. No fue un decreto, fue un acto de lenguaje: renombrar lo propio cuando el nombre anterior ya no podía sostenerse.
Lo que hace a la marinera singular no es solo su historia de origen. Es que esa crisis de identidad produjo unidad sin uniformidad. El 30 de enero de 1986, las formas coreográficas y musicales de la marinera en todas sus variantes regionales fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Nación Peruana. Variantes, en plural — porque la marinera limeña no es la norteña, ni la ayacuchana es la puneña o la arequipeña. Cada región la habitó a su manera. La guerra las unió bajo un mismo nombre; la geografía las dejó ser distintas.
Daarte trabaja desde ahí. No desde la coreografía como fin, sino desde lo que la marinera carga: mestizaje, memoria, identidad construida en tensión. Si un baile puede reunir Lima y Puno, la costa y la sierra, lo español, lo africano y lo indígena en un solo pañuelo — algo tiene para enseñar más allá del concurso.
Esto recién empieza.